La abrupta llegada del otoño me ha tomado por sorpresa. Después de haberse alargado más de lo debido el calor y los días largos con cambio de hora retrasado, el frio y el paisaje con nubes me produjeron un profundo quiebre emocional y esta última semana no tuve ganas de nada. Solo quería dormir y que nadie me hablara. Fue extraño, no soy de los deprimidos de estación y menos de los que intentan parecer personas sufridas en invierno vistiéndose con ropas oscuras.

Este año fue distinto, pues aunque me gusta el frio, la lluvia y las nubes esto fue casi inesperado, fue como caer de repente en un extraño mundo en donde la gente no era tan agradable, la calles eran feas y la música más alegre se escuchaba muy triste. De todas maneras es algo de lo que ya me estoy recuperando por fortuna. No quiero pasar seis meses lamentandome. Creo que solo fue el cambio drástico.

Me dispongo ahora a leer En el camino de Jack Kerouac. Es un libro bastante interesante sobre el movimiento underground de los años cincuenta. La autobiografía de un tipo encantado con todo lo que hoy llamaríamos cool. Relatado a modo de viaje por carreteras por medio del autostop para juntarse con sus amigos onderos en Denver. Hipster mode on.

…y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un «¡Ahhh!».

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