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AKR099-Cover

Seríamos muy egoístas si dejáramos pasar la oportunidad de consolar a alguien que está llorando (por el motivo que sea) en medio de la calle, en el banco de una plaza o en la fila de las compras. Lo menos que podemos es detenernos a preguntar si necesita ayuda o si quizás solo quisiera desahogarse contándonos la causa de su tristeza. Seríamos egoístas si pasáramos por alto también un disco escrito y compuesto con tal fuerza emotiva como la que carga Carrie & Lowell. La familia, sea como sea, es familia y pesa, y duele, a veces mucho. Sufjan Stevens, el prolífico músico que la mayoría ignora esta vez no merece ser desatendido.

Como ya es sabido Carrie & Lowell es un disco que trata sobre sus vivencias con una madre ausente. Carrie, sufría de trastorno bipolar, esquizofrenia y depresión, las cuales se agravaban debido a una evidente dependencia al alcohol y a ciertas drogas. Una madre que lo abandonó cuando él tenía solo un año. Y es por eso que la relación de Sufjan con ella tiene más de tristezas que de alegrías, una relación que se limitaba a encuentros aislados y escasa comunicación mediante una que otra carta. Y mientras él temía poder padecer los mismos males de su madre, ella muere. Pero él pasa a acompañarla en sus últimos días de agonía, encuentro mediado por su padrastro, Lowell, a quien también rinde homenaje el disco, en una especie de terapia de sanación, de compresión y perdón.

Es por eso; el remezón, la sacudida emocional, que nacieron las canciones que dan delicada forma este disco, fabricado con tierna artesanía, como con los dedos de una persona sobrecogedoramente  frágil, de sensibilidad atípica y sutileza conmovedora. Su belleza y encanto quiebran y nos hace poner los pies en la tierra para darnos cuenta de lo tontos que hemos sido al dejar de ver a nuestra familia, abrazar a nuestros padres, hermanos y amigos más seguido.

Nada más empezar a escucharlo se me vienen a la mente bandas melódicas de los sesentas como Simon&Garfunkel, Everly Brothers, The Byrds, Donovan, Cat Stevens… volviendo a los orígenes más primitivos del folk bien hecho. El origen digo, porque en Carrie & Lowell  es como si todos los sonidos fueran procesados desde un lugar de germinación inmaculado, impoluto, limpio, puro; un templo, la profundidad del mar… o el vientre materno. Con la permanencia inmarcesible del amor filial. Desde ahí descubrimos banjos, guitarras, ukeleles, pianos y mínimos arreglos electrónicos, como respetando la memoria de los muertos… sin estridencia, casi tocándolos.

Carrie & Lowell parece un disco de guarda, escasamente instrumental. Sin caer en el melodrama característico de este tipo de cortes, es un disco contemplativo que nos exhortar a detenernos y pensar en perdonar…  en pedir perdón; en reconocer que las desavenencias que podamos tener con personas tan ineludiblemente cercanas tienen un fin; el momento justo antes de que uno de los dos muere. Una instancia de indulto y olvido, como para liberar a todas las partes del conflicto, los que mueren y los que le sobreviven. Por eso Carrie & Lowell  es una de las piezas más delicadas y exquisitas del año. Si es que no la más.

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